Uno de los grandes inconvenientes que existen, a la hora de crear un mercado interno, es la formación de organismos de fiscalización y monitoreo que hagan, en términos institucionales, solvente la formación de ese mercado. Si el estado debe mantenerse al margen en el desarrollo económico, no sucede lo mismo en el desarrollo institucional, y las instituciones, gracias a las que todo mantiene su condicionamiento, necesitan un sostén.

Esto es lo que se hace mediante la llamada recolección de impuestos, y es este un tema fundamental para entender el fracaso de nuestra república. Los impuestos son algo que nos toca, directa e indirectamente, todos los días, aunque el lector probablemente ignore esta realidad. Ejemplo de ello es el aumento desmedido (casi a un 20%) que el Impuesto al Valor Agregado (IVA) tuvo el año pasado, que el lector quizás no haya advertido como motivante fundamental de una porción, en términos globales, de la llamada “inflación”.

Es claro que la “inflación” responde a criterios socioproductivos, que en La Voz del Consumidor hemos señalado hasta el hartazgo, de modo que pensar que el IVA es un elemento de influencia en la inflación, entendiendo este último fenómeno como autónomo, es falso. Pero si en el concepto incluimos la tendencia coloquial de llamar “inflación” a todos los aumentos de precios, con indiferencia de por qué estén motivados, no deja de ser correcto pensar que el IVA fue uno de los motivantes de su disparo el año pasado. ¿Por qué?

Este impuesto surgió en el momento, precisamente, en que el gobierno sentía mayor grado de vulnerabilidad por el declive de la renta petrolera. Su aumento se realizó para intentar, de manera forzada, que existiera un “mercado interior” de divisas nacionales; ergo, que el gobierno pudiera hacer una óptima recolección de bolívares, asumiendo que dicha colecta permitiría dar sostenibilidad a proyectos nacionales que sólo usaran la divisa local (premisa falsa, porque como hemos dicho anteriormente en La Voz, incluso los bienes nacionales precisan de importación), cosa que ocasionó que los precios subieran. Si un producto costaba, por ejemplo, 2000 bolívares, con el IVA en 20%, acabaría costando alrededor de 2400 bolívares. Desde luego, quien pagaba aquello era el ciudadano, el consumidor.

Pero esta política fue la cumbre de un descocado intento de obtener, al precio que sea, algún tipo de movilidad monetaria al interior de Venezuela. La política, en sí misma, no está equivocada; todos los países necesitan tener algún tipo de IVA, y el consumidor debe contribuir de alguna forma a sostener al país. Pero que esto ocurra así, de golpe y en cantidades exorbitantes, no sólo es una política errónea, sino que demuestra, también, una absoluta inexperiencia en la gestión de este tipo de planteamientos.

Y esa inexperiencia viene cobrando, desde hace mucho, facturas a nuestro país. El avatar más patético de la misma es la falta de peaje, cuya ausencia ha supuesto no sólo la carencia de una movilidad interna de divisas óptima, sino que también motiva la corrupción particular de funcionarios públicos, guardias nacionales y policías que, en vez de cobrar el impuesto de circulación, aprovechan su patrullaje para hacer sus “chanchullos” personales, comiéndose rapazmente el dinero del ciudadano, en vez de usarse éste para reinivertirse en instituciones y, en último término, para mejorar el pago de dichos efectivos públicos, cuyos bajos salarios les empujan a apelar a esta manera de corrupción.

Pensar que “todo debe ser gratis”; la circulación, la producción, la comercialización, distribución, etcétera, ha sido uno de los pensamientos más lesivos para el desarrollo endógeno. Aún más: resulta exactamente lo mismo pensar que sólo una de las partes debe costear el mercado interno (es el caso del IVA).

En todo caso, sólo por medio de una articulación coherente de los mecanismos de recolección de impuestos puede, en términos generales, crearse una plataforma interior que garantice correcto desarrollo institucional, correcto desarrollo de los consumidores, entre otra variedad de elementos que hilvanan el tejido social.

Fuente: por Fernando Villamizar, para: La Voz del consumidor

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here